31 de julio de 2016

06

Su mano, débil, se aferra a la mía. A pesar de la poca fuerza que queda en el cuerpo de la anciana mujer, siento que no me soltaría por nada del mundo en este momento. Soy su anclaje con la poca realidad que sus ojos entrecerrados son capaces de captar. Nunca he visto la muerte tan de cerca, nunca he visto a nadie a punto de fallecer. Ella parece intranquila, pero sé que no es por la cercanía de la guadaña.

—Ayer era martes, Ana —me susurra, sin despegar la mirada del techo.

—No, Reme, ayer fue sábado. Te traje telas del mercado, ¿Recuerdas? Una era de algodón, azul turquesa, otra era de lino... —Mi voz suena con más serenidad de la que siento. No entiendo porqué la corrijo, porqué le digo que ayer no fue martes. Es una tontería corregirla ahora.

—Ayer era martes. Manuel venía de la ciudad todos los martes. Os traía caramelos, y yo os veía desde mi ventana correr hacia él. Siempre que te veía, me preguntaba si habría sido algún día capaz de quererte.

Su mano me aprieta un poco más. Tardo en comprender que busca, a través de ese pequeño apretón, que le diga que comprendo lo que me dice. Pero no lo hago, no lo comprendo. ¿Está tratando de decirme lo que yo creo?

—Ayer, Ana, era martes. Y fíjate hoy... Ya es domingo —murmura casi sin voz.

Veo entonces con más precisión que nunca las numerosas arrugas que le surcan el rostro. Tiene marcada la expresión en ambos lados de la boca, también tiene líneas verticales sobre su labio inferior. Las bolsas de sus ojos denotan un cansancio que Remedios ha acumulado a lo largo de los años. Las arrugas de su frente me dejan clara su sabiduría, su experiencia en la vida. Sé que la mujer que está a punto de abandonar la vida ha llorado más de lo que ha reído. Sé que ha vivido arrepentida más de veintiún años. Sé que es mi madre, a la que durante tantos años he buscado. Ahora que por fin ella ha reunido el valor de decírmelo, la voy a perder. Es injusto, pero al menos tengo la certeza de que ella se va a ir un poco más tranquila. Sólo un poco.

—Hoy es domingo, sí. Otra semana comenzará mañana, pero yo recordaré ésta durante toda mi vida, Reme. Recordaré este domingo de entre todos los domingos, así como no olvidaré tampoco ningún martes.

Remedios intenta gesticular una nueva palabra, pero todo lo que escapa de sus exhaustos labios es una exhalación suave. Veo el rictus de su cara más vacío que nunca, sus ojos están cerrados. Es la primera vez que veo cómo la muerte se lleva a alguien. Aprieto la mano laxa de Remedios, y soy incapaz de sentir el dolor que una hija debería sentir cuando pierde a su madre. ¿Es egoísta acaso? Dejo que las lágrimas se deslicen sobre mi rostro, pero estoy llorando por lo que pudiera haber sido, y no por lo que fue. No lloro porque acaba de fallecer mi madre. Lloro porque podría haberse quedado conmigo, podría haberme enseñado a coser, podría haberme cantado canciones de cuna. Podría... podría haber sido mi madre, y sin embargo no lo fue. 

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